O’Neill miró su teléfono móvil por enésima vez, esperando que Alahan se dignase a contestar. No le agradaba en lo más mínimo que se hubiese ausentado sin previo aviso y no estuviera dando ni la más mínima señal de vida. Aquello no hacía más que incrementar su incomodidad con respecto a lo que había sucedido la noche anterior.
—¿En dónde demonios te has metido, Doyle? —preguntó en un susurro—. ¿Qué es lo que sabes y no me quieres contar?
Suspiró y le dio por enésima vez a la opción de llamada, s