Demian Stuart
Al día siguiente la puerta de mi despacho se abre de golpe.
—No te molestes en llamar a seguridad, Demian —dice Maximiliano Carbajal con voz contenida—. Si hubiera venido a golpearte, ya lo habría hecho.
Me pongo de pie despacio, apoyando ambas manos sobre el escritorio.
—Maximiliano… esperaba tu visita.
—Claro que la esperabas —responde con una risa seca—. Humillas a mi hija en público, la expones como si fuera mercancía, y aun así tienes la desfachatez de fingir sorpresa.
—No fu