Leo llegó a lo que parecía ser un almacén abandonado. Avanzó a través de los corredores silenciosos. Encontró a Fi y Fernández en una de las habitaciones ubicadas en el fondo de la primera planta.
—Hola, jefe —saludó Fernández al verlo.
No importaba cuántas veces le dijera que no era el jefe, Fernández seguía llamándolo así, así que ya ni siquiera se molestaba en corregirlo.
—Bishop —dijo Fi casi al mismo tiempo.
Leo hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo.
—¿De quién es este lugar?
—De un