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Seguí a la profesora Merila pero me sentía conmocionada por lo que acababa de pasar. No podía controlar mi mente y mucho menos lo que sentía.

Subimos unas escaleras que daban al exterior y parecía ser el último piso del edificio.

Al entrar al despacho de la profesora Merila daba la misma impresión que cuando entrabas a una biblioteca, altas repisas rodeaban el lugar y la cantidad de libros incontables.

En el centro de la pequeña habitación justo en frente de un balcón

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