Ashary, irónicamente, debía darle las gracias a ese hombre. Su bofetada en su rostro había hecho que sus sentidos se ubicaran el tiempo suficiente, tras su cabeza casi derretirse por el calor abrasador que recorría su cuerpo, para poder cortar, por fin, la soga y llevar el cuchillo hacia adelante, enterrándola justo encima de la ingle del hombre.
La sangre salpicó por todos lados manchando su ropa y su rostro junto con el grito del hombre que retrocedió alarmado. Los demás, aturdidos por lo aca