—Buenos días ―saludó el doctor Lynch al entrar en la habitación de Denise―. ¿Qué tal te sientes? ―preguntó, encaminándose hacia la cama con una carpeta en las manos.
―Excelente, doctor. Mejor que nunca ―respondió, con una sonrisa de oreja a oreja.
No había podido conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada por culpa de la ansiedad de que por fin le darían el alta. Sin embargo, cuando había logrado dormirse lo había hecho tan profundamente que ni siquiera se había percatado de en qué mome