Por un momento, en mi mente comenzaron a surgir demasiadas palabras de consuelo para mí misma.
Seguir el ejemplo de Carmen tampoco estaría mal; no importaría cuántas mujeres estuvieran cerca de Carlos, yo podría ser simplemente la Sra. Díaz de nombre, sin tener ningún peso real, como si no fuera tan difícil.
Mi obstinación, mi terquedad, mi falta de sensatez, ya me habían costado la pérdida de mi madre, y no me atrevería a ser tan imprudente nuevamente.
No puedo perder a Ana, no puedo perder