Carmen miró a Carlos con los ojos muy abiertos, sin poder creer lo que escuchaba:
—Carlos, ¿qué dijiste?
—No tengo la costumbre de repetir lo que digo, así que escúchame bien.
Carlos suspiró, pero sus palabras fueron firmes.
Carmen tardó casi tres minutos en asimilar esa realidad, pero aún no podía aceptarlo.
—Carlos, ¿quieres decir que después de usarme, simplemente me echaste?
Rió, con algo de locura en su risa.
—Carlos, yo estoy sangrando, estoy sangrando por ti. ¿Cómo no puedes ver qu