Por la noche, cuando estaba a punto de dormir, escuché un sonido como si algo estuviera rascando la puerta.
Pensé que sería algún gatito o perrito perdido, pero al mirar por la rendija de la puerta, vi a Carlos, con el cuello ligeramente inclinado hacia arriba, la nuez de Adán subiendo y bajando, y los ojos completamente rojos mientras me miraba.
El olor a alcohol se mezclaba con la humedad de la lluvia, envolviéndome al instante.
Retrocedí dos pasos y abrí la puerta. Su cuerpo ya no tenía ap