Con un hombre fuera de sí, ni siquiera tenía fuerzas para llorar, solo sentía una profunda impotencia.
Un dolor infinito se apoderó de mi corazón; su toque ya no significaba nada para mí, solo era una manera de desahogarse.
Me incliné hacia atrás, tratando de evitar sus besos, rezando para que se detuviera.
—¡Basta! ¡Carlos, lárgate de mi casa! ¡No quiero verte nunca más!
—¿No quieres verme? ¿Entonces, a quién quieres ver? —De repente, rasgó mi blusa, y sus manos comenzaron a ser meno