Miré a Carlos, sus ojos reflejaban una tristeza que no podía ocultar.
Podía ver la lucha en su mirada, pero la lucha se debía a que la familia que había deseado desde niño se había roto. Decía que yo era insensible porque no había considerado sus sentimientos, ni me había adaptado a él.
David y yo habíamos insistido en esto una y otra vez.
Dicen que una infancia imperfecta necesita toda una vida para sanar, y él me culpaba por no quedarme a su lado, manteniendo la farsa de un matrimonio