Bajé la mirada y luego la levanté de nuevo. Lo único que quedaba en mis ojos era la firmeza de despedirme del pasado.
—Me divorcié voluntariamente—, dije suavemente.
Carlos permaneció en silencio.
El personal, con paciencia, volvió a preguntar: —¿Y usted, señor?
Carlos no respondió, solo me miró, y sus ojos comenzaron a enrojecer.
Su mirada me hizo sentir un nudo en la nariz y las lágrimas brotaron de mis ojos. Mi corazón se llenó de tristeza.
Después de un rato, Carlos giró la cabeza y, c