Nunca imaginé que lo que pasaba entre Carlos y yo se convertiría en un espectáculo público.
Especialmente siendo adultos, ¿cómo podíamos llegar a los golpes por cuestiones sentimentales?
¡Qué vergüenza!
Carlos giró la cabeza lentamente hacia mí, con los ojos llenos de furia, y dijo:
—¿Me mordiste por él?
El sabor metálico de la sangre llenó mi boca. No fue porque le hubiera roto la piel al morderlo, sino porque sus músculos tensos habían lastimado mis encías. A pesar de mi mordida, él parec