Néstor se enderezó y me miró desde arriba con una expresión burlona mientras decía:
—¡La loca eres tú! Dormías como un cerdo, te llamé un montón de veces para que te levantaras a comer, y ni una sola vez despertaste.
¿Dónde quedaba mi dignidad?
—¡No quiero comer, no tengo hambre!
Me quité la sábana con intención de levantarme, pero en ese momento me di cuenta de algo: la ropa que llevaba no era el vestido morado que había elegido, sino una camisa blanca... ¡de hombre!
Me quedé congelada.
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