La voz masculina sonó baja y suave:
—Si estás cansada, duerme. Yo me quedaré contigo.
Un segundo antes de perder el conocimiento, sacudí la cabeza internamente. Ese no podía ser Néstor; su voz jamás tendría ese poder tranquilizador.
Lo peor era que seguramente Néstor había visto mi estado tan desastroso. No podía imaginar cómo se burlaría de mí después.
Aunque, pensándolo bien, no me importaba. Si podía aceptar que Carlos quisiera tener hijos con otra mujer, ¿qué importaban las burlas de Nés