Me senté a horcajadas sobre la cintura de Carlos, mirándolo desde arriba.
Su nuez de Adán se movió mientras sus ojos ardían con un deseo que no intentaba ocultar, pero no parecía tener prisa por tener intimidad conmigo.
La luz de la luna era tenue, y él sujetaba mi cintura con ambas manos, observándome como si fuera su obra más preciada.
Sus ojos brillaban y nos miramos fijamente. —¿Quieres tener sexo conmigo otra vez?
—Sí,— respondió con un leve suspiro y una sonrisa, —siempre quiero