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La señora Haines acaba de abrir la puerta. Va vestida de negro y lleva una falda muy larga. Su

casa está tan impoluta como las vitrinas de los museos. Por esa razón también se dirige a ella Imi

con deferencia:

–Señora Haines, lamento muchísimo molestarla, pero esta noche damos una fiesta y nos hemos

quedado sin sal...

–¿Una fiesta? ¡Dios mío! ¿Otra? Y ¿a qué ahora acabaréis? ¿No será como la última vez? ¡A las

dos de la madrugada seguían oyéndose unas carcajadas de lo más grosero!

–¡No, señora
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