Se querían Bardo y Hugo. Con ese cariño lejano que
parece no contaminar mucho a ninguna de las partes
involucradas. Pero se tenían un buen afecto. Hugo lo h,i
bía adoptado a Bardo desde chiquito, cuando descubrió
que detrás del pibe que iba camino a la pesada, casi sin es
calas, había una inteligencia que sabía escuchar. Y Bardo
se había pegado a ese carpintero torpe, que se sentaba du
rante horas a la puerta de su negocio con un mate y unos
bizcochitos, a abrirle las puertas más cerradas de su