Todo fue simple para Nueve. Solo tuvo que dejar que
su alma hablara, o gritara o pegara alaridos. No importa
ba. Eleazar apenas estaba allí para escuchar esos sonidos.
Las cosas fueron bastante más difíciles para Sandra.
Cuando Bardo supo que su culorroto —como él lo nom
braba— entraba en el horizonte de su hermana, le prohibió que lo viera. Pero Sandra no había sido amasada con
timideces y le habló sin rodeos al hermano mayor:
—Bardo, te lo voy a decir cortito, así lo entendés: nome-jo-das.
Ba