Rudolph estaba aún más colérico con Waldo. Jamás imaginó ni se le cruzó por la cabeza que un hombre, vivo o muerto, podría afanar a su mujercita hermosas (yo, je je je), pese a que sabía que yo era una cotizada modelo, una publicista de éxito, que había aparecido en numerosos avisajes y carteles y que tenía muchísimos fans y que, obviamente, era codiciada por hombres de toda condición.
Rudolph pensaba que mi bellísimo rostro y exuberante y mi apetecible cuerpo "era solo parte de mi trabaj