Fui, entonces, a la casa de Darrow, carcomida por las dudas y todo el panorama truculento que me había planteado Palacios. Su hija, Heather, me abrió la puerta. -Mi madre está en la cocina, pasa no más-, me informó, siempre sonriente y distendida, incluso me miraba divertida. -Se le ve bastante turbada, señorita-, me dijo entretenida mirando mis pupilas que ciertamente estaban pintadas de muchas cavilaciones. En realidad yo estaba desconcertada por todo lo que estaba pasando.
Catalina era un