Sebastián adivinó de inmediato que la policía venía a interrogarlo y a detenerlo. Escondido detrás de las cortinas vio dos patrulleros llegar frente a su casa y a Palacios descender de la unidad, dando órdenes a sus hombres para que acordonen todo el lugar. -¡Maldición!-, apretó los puños Sebas. Él, desde que mató a Rudolph, tenía lista una ruta de escape, una mochila con comida y agua, preparada y a la mano. Se la colgó al hombro y escapó por una salida secreta, oculta entre muebles y tablas