Sebastián sabía que yo estaba en la casa, sola, a su entera merced. Era domingo en la tarde. No podía equivocarse en sus cálculos. Alondra estaría seguramente con su esposo y Sebas conocía mi vivienda incluso a ojos cerrados, hasta el último rincón de mi sencilla morada y tenía la certeza por donde entrar sin que yo me diera cuenta. Entonces se trepó a un árbol cercano, se columpió presto por sus ramales, y luego saltó al techo, cayendo en cuclillas, procurando no hacer ruido. Yo no escuché na