Esa vez cuando volví por la noche a la residencia Cindy tuvo toda la razón del mundo.
—Vuelves a tener cara de tonta enamorada —se burló.
—Lo sé —admití.
Se le abrió la boca y soltó el teléfono en su cama.
—No me jodas. ¿Lo admites?
Me encogí de hombros y pasé las piernas por mis pantalones del pijama.
—Sí.
—¡Pero mírate! —chilló y saltó de su cama para estrujarme las mejillas, me tropecé yo sola y nos chocamos contra mi cama—. ¡Estás enamorada!
—¿Qué te cuente qué?
Conseguí sacárme