Ya éramos uno. Me desperté con los ronquidos en mi oído, abro un ojo y siento unos brazos rodeando mi cintura. Su respiración chocando en mi nuca —Alan— lo muevo para despertarlo.
Se quejó enojado—¿Qué pasa?— preguntó.
—Ya es de día, vete— lo empujó de la cama.
Se dejó caer al suelo, se quejó y rápido se levantó —Esta bien, me iré pero te espero en la oficina— me señaló.
Muevo mi mano—Bueno, chau— lo despido.
Pero él antes de vestirse, se acercó a la cama y sonrió—Nos vemos en unas horas— dice