“Has estado parada frente a esa ventana durante diez minutos.”
Me doy la vuelta rápido, el corazón golpeándome las costillas. Damian está recostado en el umbral de la cocina, brazos cruzados, mirándome como si yo fuera un acertijo que no logra resolver.
“No te oí llegar.”
“Lo noté.” Sus ojos se desvían hacia la ventana detrás de mí, y luego regresan a mi rostro. “¿Qué estás mirando?”
Nada, casi digo. Excepto que eso sería mentira, y ya no quiero mentirme a mí misma aunque siga mintiéndole a él.