«Finalmente.»
—¿Cómo está la señora? —su voz era baja y la miraba con expresión acomplejada, ignorando por completo a los demás desconocidos que le rodeaban.
Lorena lo miró y respondió con indiferencia: —No ha muerto, ¿estás penado?
Su mirada, finalmente, se posó en Bella y Estela.
Juan se quedó estupefacto y frunció el ceño, su voz inconscientemente fría: —Lorena, no digas tonterías, fue solo un accidente.
Lorena se mofó: —¿Un accidente? Fue tu prometida quien empujó a mi abuela, lo vi con