Juan frenó en seco y se detuvo, con una tenue sombra oculta bajo los ojos mientras los miraba, inexplicablemente enfadado por alguna razón.
No pudo reprimir su ira.
El vehículo que circulaba detrás de él hizo sonar su insistente claxon.
Allí no se podía aparcar.
Juan pisó fríamente el acelerador y abandonó la zona.
Lorena y Eulogio hacían muchas compras.
Hoy fue sobre todo Eulogio quien pagó la cuenta porque el señor Gómez le había pedido que trabajara en la empresa.
¡Volvía a ser el seño