Lorena suspiró sin aliento, el hecho de que él insistiera en cuidarla cuando estaba enferma en la universidad e insistiera en darle de comer siempre se le había pegado.
Puso un trozo de guindilla en el tenedor dispuesta a darle de comer: —Abre la boca.
Eulogio no podía comer comida picante, pero quería disfrutar de ese trato preferente en ese momento.
Se lo tragó alegremente de un trago, y luego jadeó ante el picante, ruborizado e incapaz de hablar.
Lorena se salió con la suya y no pudo evi