Lorena la miró fríamente y le hizo señas para que se callara, —No forcejees, sería malo que te cayeras accidentalmente.
Lentamente ató la cuerda a la desvencijada ventana sin matar el nudo.
Estela se desesperó aún más.
Lorena respiró hondo, sintiéndose por fin mejor por dentro.
«Por fin puedo librarme de esa pesadilla de caer al mar. ¡Qué bien! En vez de torturarme a mí misma, torturaré a ella.»
Volvió a lavarse las manos, se puso delante del espejo y se pintó los labios, después salió del