Dante terminaba sus juntas matutinas esa mañana. Todo parecía estar en aparente calma pero el sabía que no era de manera. Había escuchado las habladurías, los chismes e incluso las apuestas que sus empleados habían estado haciendo a sus espaldas. Todos parecían tragarse muy bien la fabricada historia de Hildegard Scott, y si no la creían, al menos disfrutaban de que el estuviese en el ojo del huracán. Varios medios de comunicación habían ofrecido importantes sumas de dinero para hacerle una ent