Maria Lopez
Miré a Elena y a su esposo, con el frío pavor de nuestra conversación todavía pegado a mi piel como una segunda capa de seda. Elena dio un paso al frente, con el rostro pálido y los ojos saltando entre mí y el auto negro que se había detenido a nuestro lado.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella, con la voz entrecortada.
La puerta del auto se abrió y un hombre joven salió. Vestía un traje oscuro e impecable, a juego con el de la mujer a su lado, pero mi corazón se detuvo al ver su ro