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Los cuatro se sentaron a la mesa en un silencio espeso y asfixiante. Cada segundo que pasaba se sentía como una hora. Al fondo, el restaurante seguía funcionando; la gente tintineaba los cubiertos contra los platos, hablaba y pasaba de largo como si el mundo no se estuviera desmoronando en la mesa central.
Maria no pudo soportarlo más. Empujó su silla hacia atrás, provocando un sonido agudo contra el suelo, y se dirigió hacia la cocina. No llegó muy lejos antes de escuchar pasos detrás de