—Max, no mires ahora, pero Christiano acaba de cruzar la valla de la avenida —susurré, y mi mano agarró la lona áspera de su manga mientras observaba a la figura oscura correr colina abajo por el terraplén de grava detrás del almacén de clasificación.
Christiano no se detuvo hasta que llegó al guardabarros trasero de la furgoneta, con la respiración saliendo en bocanadas cortas y entrecortadas que formaban espesas nubes blancas en el aire húmedo. Su abrigo estaba roto por el bolsillo y su rostr