María López
Me quedé allí, paralizada, con el corazón golpeando a un ritmo frenético contra mis costillas. La luz del sol brillaba sobre el capó pulido del Ferrari, pero lo único que yo podía ver eran esos ojos oscuros y cómplices. Mi mente era un torbellino de pánico e incredulidad. De todos los edificios en todas las ciudades, ¿tenía que comprar este? ¿Acaso el universo me está gastando una broma pesada?
—Se supone que yo debería preguntarte eso —dijo Carlos, con su voz bajando a un ronroneo