María López
—María, ¡¿por qué carajos no estás diciendo nada?!
La voz de Diego era una hoja dentada que cortaba el pesado silencio de la habitación. Me froté las manos, con las palmas húmedas de sudor frío. Mi mente era un torbellino frenético, buscando una puerta, una mentira, una trampilla... cualquier cosa que me tragara entera. *¡Piensa, María, piensa! ¿Qué dices cuando te han atrapado con las manos en la masa?*
—¡¿Con quién carajos tuviste sexo?! —Él estaba más cerca ahora. Podía oler el t