Punto de vista del autor
Las pesadas puertas del hospital se cerraron tras Carlos con un siseo, tragándose el olor estéril a antiséptico y la frágil esperanza de la recuperación de Elena. Afuera, el aire de la tarde se estaba enfriando, pero Carlos sentía un calor febril subiendo por su pecho. Se quedó de pie en la acera, con el teléfono ya en la mano antes de que Miguel pudiera siquiera acercar el coche.
Marcó a Christiano. Esta vez, no hubo saludo.
—El dueño de la tienda de ultramarinos Lu —d