Carlos Rivera
Tomé mi asiento habitual en la esquina más alejada del restaurante. Me gustaba este lugar. No estaba demasiado cerca del ruido de la cocina, pero tampoco demasiado lejos de la entrada. Era el tipo de sitio donde podía ver cada sombra y cada sonrisa sin ser demasiado notado. En mi negocio, ser invisible es un arma.
Mis ojos se movieron por la habitación automáticamente. Conté a los clientes: la mayoría locales y unos pocos turistas curiosos. Observé al personal. Antonio estaba a