María
—Me vas a lastimar las costillas si sigues sujetándome así de fuerte —murmuré, con la voz amortiguada contra el hombro desnudo de Carlos.
Él no me soltó. Sus brazos permanecieron trabados alrededor de mi cintura, y su pecho subía y bajaba con un ritmo rápido y pesado que presionaba su piel con fuerza contra la mía bajo la manta de lana. —No me importa. Si te suelto, empezarás a pensar en los ciento cincuenta millones de euros otra vez.
—Los millones se han ido, Carlos. Ya te lo dije —dije