El camino hacia Baja Mira había estado demasiado tenso y lleno de incomodidad. Jenny lloraba y hacía sus infinitas pataletas en el asiento trasero del vehículo lujoso, mientras su padre Haroldo, intentaba calmarla, pero parecía que se trataba de una misión imposible.
—Jenny, por favor, ¿quieres calmarte? Aquí van estas personas desconocidas y tú aun en estas —dijo Haroldo, aunque su voz en definitiva sonaba más irritada que consoladora.
—¡Es que, no es justo, papi! ¡No puede creer que Danilo, m