La vio apretar las manos con fuerza, pero cuando habló su voz contenía tanto miedo como furia.
—No tengo por qué contarte nada.
—Tienes razón.
Kevin siguió dibujando, pero sintió un estremecimiento de agitación y deseo que lo sorprendió y sobre todo le preocupó. Decidido a apartar de su mente la extraña reacción que ella le provocaba, y a concentrarse en sacarle a aquella mujer las respuestas que quería, añadió:
—Pero como no voy a dejar el tema, será mejor que confieses de una vez.
Él era un