Parpadeé, insólita.
Las palabras de esta mujer retumbaban en mi cabeza. Sentí que el oxígeno dejó de circular en mis pulmones y que la razón perdió la batalla. El pecho me dolía fuertemente.
―¿Buenas? Señor Fisher, ¿está ahí?
Unas manos sujetaron mis caderas, manteniéndome en el lugar. De pronto, una de las manos de Derek fue al celular en mi oreja.
No pude ni reaccionar. Estaba anonadada
―Diga ―respondió con voz ronca.
Nuestros rostros estaban a milímetros de distancia. Su brazo rodeaba