La noche antes del juicio, no pude comer.
Irene preparó mi plato favorito. Pasta con salsa de tomate casera. El aroma llenaba la cocina como un abrazo tibio, pero mi estómago estaba cerrado con candado. Cada vez que intentaba tragar, mi garganta se rebelaba.
El reloj de la cocina marcaba las siete y media. En catorce horas estaría frente a Derek. En catorce horas tendría que mirarlo a los ojos y contar cada mentira que me había contado.
—Solo unos bocados —insistió Irene, preocupación grabada en