El lunes a las siete de la mañana, Nathan fue a la carnicería.
No la del supermercado del bloque. La carnicería de la calle 74 que Evelyn había descubierto cuando Sophie tenía seis años y que seguía en el mismo local con el mismo dueño, aunque el dueño tuviera ahora el pelo completamente blanco y el hijo detrás del mostrador con el mismo delantal de siempre.
Nathan entró con el mensaje de Leo abierto en el teléfono.
—Hueso de caña —dijo—. O tuétano. Cualquiera de los dos.
El carnicero lo miró.