La lluvia había comenzado a caer tenue, casi imperceptible, contra los ventanales empañados de la habitación. Afuera, el mundo seguía su curso. Pero dentro de aquellas paredes, solo existían ellos dos.
Después del primer encuentro, después de la tormenta desatada, se tomaron un breve descanso para asearse. Svetlana caminaba desnuda por la habitación con la calma de quien había sobrevivido al infierno y, aun así, era capaz de desear. Dante la miraba con los ojos encendidos. Ningún trazo de su cu