Mientras la escoltaban hacia la patrulla, el vecindario entero observaba desde las ventanas. Susurraban, señalaban, grababan con sus teléfonos. Lía, con el rostro empapado de lágrimas, caminaba erguida, sin mirar a nadie. Sabía que si caía de rodillas ahora, nunca más volvería a levantarse.
Y justo cuando subía al vehículo, una voz la llamó desde la distancia.
—¡Lía! ¡Lía, espera!
Era Jorge. Su auto se detuvo frente a las patrullas, y corrió hacia ella, empapado por la lluvia. Pero los oficiales