El corazón de Lía comenzó a latir con fuerza. No debía mirarlo así, no debía sentirlo así. Pero era inevitable.
Él dio un paso hacia ella. Ella retrocedió, apenas un poco.
—Tenemos que hablar —dijo Jorge, con la voz tensa, grave.
Lía tragó saliva.
—Aquí no… —susurró, nerviosa.
—No me iré hasta que me digas la verdad —replicó él.
Su mirada descendió, apenas un segundo, hacia el interior de la casa. Alcanzó a ver a Nicolás riendo en la cocina con Ceida. El contraste lo hirió. Sus ojos volvieron a