Lía no pudo más. Su corazón, su cuerpo, su alma… todo gritaba su nombre. Dio un paso hacia él y, temblando, lo besó.
Fue un beso desesperado, lleno de culpa, deseo y amor. Jorge respondió con la misma intensidad, hundiendo una mano en su cabello, apretándola contra sí como si temiera que desapareciera.
El tiempo se detuvo. El mundo quedó reducido a dos cuerpos que aún se reconocían entre la locura y el recuerdo. Por un instante, se olvidaron de todo. Del apellido Cancino, de Nicolás, del pasado