La imponente puerta de madera tallada del despacho presidencial se abrió lentamente.
Alexa entró en la oficina que, durante tantos años, había simbolizado el poder absoluto de Franklin Ivander.
Avanzó despacio, recorriendo con la mirada cada rincón de aquella espaciosa estancia: el enorme escritorio de mármol negro, el elegante juego de sofás de cuero y los grandes ventanales que ofrecían una impresionante vista de la ciudad desde el último piso del edificio.
Finalmente, se detuvo detrás del es