A la mañana siguiente.
Los párpados de Alexa se abrieron lentamente al escuchar, a lo lejos, el chirrido de unas ruedas deslizándose sobre el suelo.
Permaneció inmóvil, con la mirada perdida en el techo de la habitación del hospital.
Al cabo de unos segundos, giró la cabeza para observar a su alrededor.
No había nadie.
Tal como había imaginado, Devan no se habría quedado cuidándola.
Una sonrisa amarga apareció en sus labios.
Debía aceptar la realidad: estaba completamente sola.
Su relación con